La incertidumbre no va acompañada del miedo y la amenaza.

Es la palabra más repetida en esta época y no viene sola, le acompañan el
miedo, las amenazas y la inseguridad. Pero estas emociones ¿tienen algo que
ver con la incertidumbre?

Incertidumbre tiene que ver con desconocimiento, con espera, con ausencia
de información, con algo no previsto, con ausencia de certeza.
Es muy común que confundamos las amenazas con la incertidumbre, cuando
son algo radicalmente distinto y diferente. Las amenazas están relacionadas
con el miedo, con la necesidad de defendernos y con el sufrimiento que
provoca sentirse desprotegido, pero todo esto nunca se desarrolla en lo que
llamamos incertidumbre.

La incertidumbre interpela al interior de la persona, donde también conviven
nuestros miedos. La amenaza se percibe como algo externo y viaja casi
siempre, en compañía del miedo.

Como sociedad nos hemos dotado de un modelo y estructura de garantías. Y
las amenazas, tocan permanentemente ciertos límites de esas garantías; en la
educación, en las libertades sociales, en nuestros derechos o en nuestro modo
de vida. Pero de repente, llega un virus y lo pone todo patas arriba. Nos
creíamos dioses amparados en la Ciencia y los avances de la Inteligencia
Artificial, y descubrimos que somos débiles y vulnerables, sin importar si
vivimos en el primer o tercer mundo, pues el virus llega a todas partes. Y esto
nos da miedo y nos sentimos amenazados.

Pero este descubrimiento, este sentimiento o percepción no tiene que ver con
la incertidumbre pues ésta no se cuestiona si vamos a desaparecer, como lo
hicieron los dinosaurios. Esta ansiedad, estas preguntas, pertenecen al miedo,
a la inseguridad, al temor que nos da vivir. Y es desde ese temor desde donde
uno puede leer la belleza y la profundidad de la incertidumbre.

La cuestión es que probablemente hemos secuestrado la incertidumbre de su
fuente y sentido original, para llevarla al terreno del miedo, de una actitud en                                                                                                            estado de alerta permanente, como vivían nuestros antepasados hace miles
de años. Nos sentimos amenazados por el hecho de vivir. Angustiados por el:
¿qué va a pasar?, ¿tendré recursos suficientes? ¿Hasta cuándo viviré yo y las
personas que importan? ¿Y si pierdo lo que tengo?

¿Cómo nos interpela la incertidumbre? La incertidumbre es una mirada hacia
lo esencial de las cosas y no hacia las amenazas. Parte de cuestionarse cuál es
el marco dentro del que surgen esas amenazas. De cuestionarse por el origen
de estas.

Aunque paradójicamente, muchas personas que están cerca de nosotros y
muchísimas más que están muy lejos, no podrán acceder ni siquiera a
preguntárselo. ¿Sabes por qué? Porque han nacido y crecido con la
incertidumbre y la tienen incorporada, como algo vivencial. Sin embargo el
miedo si está presente, y cada día se movilizan por sobrevivir, por
mantenerse, o por pasar desapercibidos para que nadie les haga daño, para no
sufrir más indignidad o para que no los maten. Es bueno tomar conciencia de
esto y rechazar la tentación de encerrarnos en una burbuja. Es lo que supone
nacer en un lugar o en otro. Puro azar sin intervención nuestra.